de la montaña a la mesa
El oficio y el tiempo
Todo comienza antes de que el queso exista. Empieza en la leche, aún templada, recién llegada, con una textura viva que cambia según la estación. No se corrige ni se estandariza. Se observa. Se prueba. Se decide el momento exacto en que puede empezar a transformarse.
La cuajada se forma despacio. Las manos intervienen con cuidado, sin forzar la masa. El queso va tomando cuerpo poco a poco, mientras se moldea y se sala de forma manual. Cada pieza responde de manera distinta. Algunas piden más espera. Otras se muestran listas antes. El trabajo consiste en saber leer esos pequeños gestos.
Cuando el queso abandona la quesería y entra en la cueva, el ritmo cambia. La temperatura se vuelve estable. La humedad envuelve la pieza y la superficie comienza a transformarse. Al tocarla, se nota fresca, ligeramente húmeda. El interior sigue trabajando en silencio. Es aquí donde aparece el veteado, sin intervención directa, como una escritura lenta que se va trazando con el tiempo.
Durante la maduración, el queso se revisa, se mueve, se observa. Nada se acelera. Cada decisión se toma con paciencia, atendiendo a lo que la pieza va pidiendo. El Cabrales no se termina, se deja llegar.
Cuando alcanza su punto, el queso ya ha absorbido el carácter de la cueva. Su textura responde al corte. El aroma se libera al abrirlo. El sabor refleja el camino recorrido. Es entonces cuando puede salir de la montaña y seguir su viaje, llevando consigo el rastro del lugar donde se formó.
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